Cultura

«Tiempos de independencia» de María Irene Romero

Plaza Navamuel introduce con detalles y precisiones el libro de María Irene Romero

Entre una minuciosa y bien seleccionada documentación y bibliografía consultada, estamos prestos a saborear este exquisito estudio histórico Tiempos de Independencia que en mi concepto, va más allá de unos simples apuntes como sugiere el subtítulo: “Apuntes para el estudio de Salta y el proceso de Emancipación”.

Tiempos de Independencia… es un libro valioso en muchos sentidos, desde lo superficial que es la buena calidad editorial, papel, tipografía, etc., como en la calidad de su contenido, que es lo realmente importante.

María Irene Romero goza de una amplia trayectoria en la docencia, es profesora universitaria en historia, habiendo realizado numerosos cursos de su especialidad y participado en Congresos locales, nacionales e internacionales.

Instituciones patrióticas de la provincia como la Asociación Cultural Sanmartiniana y el Instituto Belgraniano de Salta la tuvieron en su Comisión Directiva. También otras instituciones de viejo arraigo y prestigio la cuentan entre sus miembros, como el Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, el Instituto Salteño de Cultura Hispánica, la Academia Güemesiana del Instituto Güemesiano de Salta, y a nivel nacional la Junta de Historia Eclesiástica Argentina. Menciono estos pocos datos curriculares a grandes rasgos, sin dejar de mencionar que ha dictado diversas conferencias sobre temas de su especialidad y es autora de numerosos artículos de investigación en publicaciones especializadas, y como columnista de opinión en diarios locales.

Resulta un alivio para el espíritu, leer en estos tiempos de liviandad historiográfica violentada por necios y mediocres abanderizados en partidos nefastos, un trabajo de lince y con la mirada enjundiosa de los que saben historia.

A partir de las primeras páginas entusiasma la cariñosa dedicatoria a sus padres, doña Lina Córdoba de Romero y don Pablo Romero que le dieron la vida para actuar en este mundo, en esta Patria y en esta Salta de grandes héroes, muchos de ellos ignorados u olvidados, pero que están y tenemos la obligación moral de recordarlos.

Con una Introducción ineludible, explica que si bien el proceso emancipador se fue gestando en las sociedades virreinales desde el siglo XVIII, la llama libertaria se expande con vigor en las primeras décadas del siglo XIX y surge de una fuerza incontenible de doctrinas, ideas y pensamientos, que la monarquía hispana no pudo sofocar. Construyen esa génesis de la emancipación factores internos y externos que María Irene Romero desarrolla con erudición.

Romero señala que este libro intenta abordar la participación central que tuvo la población en los acontecimientos independentistas y coincidimos aquí, cuando expone que, sin ese concurso de la mayoría de la población que tuvo participación activa en las acciones militares, es decir: grandes terratenientes, pequeños propietarios, grandes comerciantes, pulperos, gauchos, indios y negros “hubieran fracasado todas las acciones por sostener y afirmar nuestra libertad, abortando la convocatoria del Congreso de Tucumán. Salta, tierra bravía –añade Romero- se constituyó como centro neurálgico, importante antemural que cercenó las aspiraciones realistas de dominación del territorio del Río de la Plata, y factor determinante en el complejo proceso de luchas armadas que concluyó con la liberación del territorio”, destacando como no podía ser de otra manera, el rol central que le cupo a Güemes y a sus gauchos, como el trabajo desarrollado por hombres notables que abrevaron sus ideas en los claustros universitarios y cuyo bagaje doctrinal esgrimieron en los cabildos americanos. Y en este contexto, destaca el rol fundamental que desempeña la Iglesia que -al decir de la autora-, “se constituye en institución rectora en la formación de las mentalidades, por la proyección que tenía en la totalidad de la población”. La Iglesia pues, fue educadora de generaciones de americanos y como bien menciona María Irene Romero, fue “actora principal en una sociedad que la tiene como protagonista y promotora de la labor social y educativa”.

Es llamativo y digno de destacar de este libro, aquello concerniente a que “Los pastores no estuvieron ausentes en la discusión de ideas, y en todos los casos la sospecha de traición a la causa emancipadora los hizo víctima de prisión, la que fue hasta el final de sus días. Esta decisión de mantener a arzobispo y obispo en calidad de reos, cercenó la posibilidad de desarrollar la extensa labor para la que fueron designados”. Recordemos que un tercio de diputados en la composición de la primera representación soberana en el seno del Congreso de Tucumán, fueron clérigos, reflejando sin duda alguna el compromiso que tuvo la iglesia con los problemas de su tiempo.

No menos importante, es que la “idea que unificó a todas las clases sociales, es el sentido hispano de libertad, de autonomía, rescatando la remota costumbre hispana de resolver los temas comunales en la convocatoria a cabildos abiertos para aproximar soluciones a las problemáticas del momento”, añadiendo la autora otros conceptos que compartimos acabadamente, y es aquello que “Implica también la expresión de defensa de las creencias religiosas y un espíritu altivo y orgulloso de sus principios basados en la ética cristiana”, todo lo cual se desmenuza en este libro.

Resulta interesante la manera que se enfoca y desarrolla la obra. A partir del título, el libro se divide en tiempos, que son los capítulos: Tiempos políticos, que engloba seis secciones o acápites: La primera es “La gobernación Intendencia de Salta”, con la que se inicia el libro y explica los pormenores de la época desde lo institucional y conflagraciones bélicas, asomando desde este primer momento de la obra, la figura de Martín Míguel de Güemes, lo que establece el principio de la difícil tarea que se ha trazado la autora para contar la historia de la Patria.

Interesa echar una mirada general a estas Secciones, que abordan desde los cambios institucionales a partir de la Declaración de la Independencia en un “marco de rivalidades, diversidad doctrinaria y golpes de mando que caracterizan la época”. El desmembramiento del territorio cuando en 1814 se divide la Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán en dos provincias: Salta y Tucumán, con sus respectivos territorios que observa magistralmente la autora y luego para imbuirse en un tema complejo como las “Amenazas al proyecto de Independencia”.

La segunda es “Gobierno de Martín Miguel de Güemes”, cuya autoridad devino con la votación del Cabildo que le confirió legalidad a la elección, asumiendo Güemes el 6 de mayo de 1815 la Gobernación Intendencia, que comprendía las actuales provincias de Salta y Jujuy. Fue su gobierno en un periodo de sacrificios y crítica situación financiera, periodo en el que Güemes debió adoptar la guerra de recursos. No corresponde extenderme en este capítulo tan caro y bien conocido por los salteños, pero sí vale sugerir su lectura para reforzar y ampliar ese conocimiento, con crónicas enriquecedoras que aporta la autora, en las que no deja de abordar todos los temas, como la necesidad de empréstitos, medidas administrativas, el contrabando, Güemes y el Congreso de Tucumán. Y volviendo el tiempo atrás, su labor militar, el regreso de Güemes a Salta, su separación del ejército y reincorporación. Una medida injusta, referida al castigo que le impuso Belgrano al ser acusado de llevar una vida licenciosa; la hora del triunfo, cuando en su carácter de Comandante de las Avanzadas del río Pasaje obtuvo junto a sus oficiales y gauchos el memorable triunfo en Tuscal de Velarde. Güemes electo gobernador, Güemes: soledad e incomprensión, y el pensamiento del gobernador Güemes en un extenso análisis.

La tercera sección que refiere “El escenario güemesiano”, muy bien explicado por cierto, resulta oportuno para que el lector local como foráneo, tengan una acabada dimensión del ámbito geográfico (orografía, hidrografía, clima, recursos económicos agrarios y posibilidad de explotación) donde se desarrolló la historia.

La cuarta es “El gauchaje: sostenedor de la hazaña güemesiana”, en la que se precisa el abordaje de Güemes como comandante y organizador de tropas procedentes de Salta, Jujuy, Quebrada de Humahuaca, Orán, Tarija y Valles Calchaquíes. Es decir, un territorio extenso en el que inauguró la Guerra Gaucha a través de sus vínculos con los caudillos locales y el paisanaje, uniéndose a su ejército como sólidos sostenedores de la acción emancipadora, que sostuvo más de doscientos combates durante casi ocho años, merced según la autora a “la excelencia de estrategia de su líder, del encendido amor a la libertad y verdadera fe cristiana”, logrando “vencer a reconocidos militares españoles (…) instruidos en el arte de la guerra y que comandaban a miles de efectivos, bien armados y con fuerte apoyo de artillería”.

En este punto, haré –con la anuencia de la autora- un paréntesis para comentar que al alcanzarme María Irene su libro para que lo leyera, advirtió que en este capítulo IV referido a “El gauchaje: sostenedor de la hazaña güemesiana”, había nombrado, con sucintas biografías algunos patriotas de la gesta que quiso recordar en esta oportunidad, pero con preocupación o al menos, eso pareció, dijo que no había incluido a Plaza, seguramente refiriéndose a mi tatarabuelo el Tte. Cnel. José Remigio de Lea y Plaza, un veterano de la Independencia que intervino en la gloriosa Batalla de Salta, habiendo participado luego en las cruentas batallas de Vilcapugio y Ayohuma, como invariablemente en un largo itinerario en numerosas acciones en la guerra gaucha, en la guerra del Brasil y como miembro del partido Unitario en las guerras civiles argentinas.

Lógicamente, con un guiño le hice saber a María Irene que no hay de qué preocuparse, lamentablemente ya estamos acostumbrados, lo mismo pasa con otros próceres como Luis Borja Díaz, Bartolomé de la Corte, José Gabino de la Quintana, Gaspar López, etc. Los biógrafos locales y nacionales no lo tuvieron en cuenta a Plaza y poco se puede saber, si hay tan escasa bibliografía al respecto, tampoco está su nombre en las calles de Salta, ni en el monumento a Güemes ni en su Museo inaugurado este año, pese a nuestras gestiones. Aquellos próceres no fueron estudiados debidamente por la mayoría de los historiadores salteños, como tampoco los más de veinte valientes guerreros de la Independencia y esforzadas mujeres de la familia Plaza, que organizaron bajo sus mandos en diferentes puntos de los Valles Calchaquíes: Escoipe, Cachi, Atapsi, Seclantás, Molinos y San Carlos, varios escuadrones y regimientos con sus familiares, paisanos voluntarios y sus propios recursos, jugando un rol primordial desde el inicio de la guerra de la Independencia y durante las luchas civiles, contribuyendo con su gente a los Regimientos de Caballería de Salta, Tucumán, Catamarca, Jujuy, Tarija y el Alto Perú.

Entre ellos su primo el Tte. coronel Juan de Dios de Lea y Plaza, uno de los primigenios patriotas de la Independencia y que en los inicios de la Guerra Gaucha en 1814, levantó una las primeras unidades de Caballería de Salta. O bien, el coronel Manuel Ubaldo de Lea y Plaza destacado partícipe de aquellas gloriosas hazañas de la Independencia, que fue encerrado por los realistas en los tenebrosos presidios de Casas Matas del Callao recuperando su libertad por gestiones del Libertador general José de San Martín, que canjeó a sus prisioneros de guerra por los patriotas cautivos, pudiendo en un primer momento hacerlo con un grupo importante de combatientes, canjeados de a uno y conforme a rangos iguales; uno de sus nietos es nada menos que el doctor Victorino de la Plaza, guerrero del Paraguay, ascendido en el campo de batalla a capitán de Artillería. Hombre público, estadista, vicepresidente y luego presidente de la Nación Argentina, de quien tampoco se sabe mucho, y en Salta, menos.

Sostengo desde hace algunos años, que no ignoramos que la historia fue escrita desde el puerto, quienes se esmeraron por resaltar a sus hombres y los hechos sucedidos en Buenos Aires, quedando para un después eterno, las glorias y los próceres provinciales. Sobre este asunto se han quejado muchos de los historiadores de la provincia desde que comenzaron a escribir la historia del siglo XIX a través de Bernardo Frías, Atilio Cornejo, Luis Oscar Colmenares, y otros que siguieron sus pasos. No obstante, no debemos olvidar que si bien renegaron de los historiógrafos porteños, también fueron responsables del descuido y la omisión de ilustres hijos de Salta, desplazados y olvidados –a veces adrede- en sus bibliografías y numerosos artículos. Sin duda, los salteños citados hicieron en su terruño lo mismo que los porteños hicieron en Buenos Aires. Alguien dijo que no existe un historiador imparcial y evidentemente es cierto. Es muy difícil la imparcialidad total, sobre todo si encuadramos a los historiadores como personas cultas, con sentimientos, con respeto y amor a los antepasados, con firmes ideas políticas y principios. Sin embargo, es importante no perder de vista el significado del esfuerzo en procura de ser absolutamente equitativos en el juicio.

En el capítulo referido, María Irene rescata figuras salteñas como Eusebio Martínez de Mollinedo, José de Moldes, Mariano Morales, Pastor Padilla, Manuel Puch, Juan Antonio Rojas, Gregorio V. Romero y González, Bonifacio Ruiz de los Llanos, Pedro José de Saravia, José Apolinario de Saravia, José Domingo Saravia y José Toribio Tedín. De Chicoana Alejandro Burela, Luis Burela, Santiago Morales, Sinforoso Morales y Bernardino Olivera. Los hombres del impenetrable como Mateo Ríos y José Gabino Sardina, rescata a gauchos en espíritu como Francisco de Gurruchaga y Domingo Puch, al jujeño Manuel Eduardo Arias, y a tarijeños como Eustaquio Méndez y Francisco Pérez de Uriondo, cuyas breves biografías, algunas no tan breves, enmarcan el contexto histórico de la región, detallando además otras unidades militares que procuraron reforzar la defensa del territorio ante las avanzadas realistas.

La quinta sección de Tiempos políticos, se trata de “Los diputados por Salta ante el Congreso”, donde la autora explica la elección y transcribe las instrucciones para el desempeño de los diputados, rescatando en breves semblanzas y con justicia desde luego, a los salteños José de Moldes, José Ignacio de Gorriti, Mariano Boedo, Marcos Salomé Zorrilla, Manuel Antonio de Acevedo, José Andrés Pacheco de Melo.

Y la sexta, “El Cabildo de Salta en el año de la Independencia” que en un detallado contexto se refiere a quienes rigieron los destinos del municipio y acompañaron al gobernador intendente, para luego sumergirse en aquel grave conflicto político como fue el enfrentamiento entre Güemes y Rondeau. Habla también de la obra pública y de otras consideraciones capitulares.

Tiempos de ideas, otro capítulo con tres partes, aborda: “El contenido doctrinal”, “Las Bibliotecas”, y “La Universidades”, éste quizás es uno de los capítulos más esclarecedores desde un análisis del rol que ejercieron la iglesia y sus clérigos y las fuentes en que estos se nutrieron, basada en hombres de la iglesia precursores del concepto de soberanía y de la doctrina de reversión de la misma desde el siglo XVI. La autora le dedica un especio al dominico Francisco de Vitoria y a los jesuitas Francisco Suárez y Juan de Mariana, refiriéndose luego a la herencia doctrinaria que estos clérigos dejaron al formar “una escuela brillante del pensamiento político católico, que dio forma jurídica a los principios de soberanía del pueblo hispano”. Continuando este capítulo con un detallado registro de lo que leían los americanos, que en el seno de un sector culto eran poseedores de importantes colecciones bibliográficas. La universidades es otro tema muy bien planteado, originadas desde las doctrinas de Vitoria, Suárez y Mariana que fueron madurando en la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca, fundada en 27 de marzo de 1624, que más tarde fue un auténtico hervidero de ideas revolucionarias y donde se graduaron grandes hombre de nuestra patria independiente.

Tiempos de fe, encuadrado en cuatro secciones: La primera es “La diócesis de Salta”, que inicia desde la primera tramitación de la creación del Obispado de Salta en 1785, con el consecuente proceso, elección y nombramiento de su primero obispo Nicolás Videla del Pino en 1807. Luego, con entusiasmo se imbuye en la personalidad y labor de Nicolás Videla del Pino, lo que constituye en el libro, un apartado sumamente completo. No deja Romero en el tintero la figura de Monseñor Benito María de Moxó y Francolí, también acusado de traidor como Videla del Pino, y lo que atañe a la sección referida a “La Santa sede en la Independencia”, ocupa un lugar de privilegio en este libro en el que la autora analiza el Pontificado de Pío VII (Bernabé Niccolo Maria Luigi Chiaramonti) con una semblanza integral de este pontífice integrante de la nobleza nacido en 1742, hijo de conde y nieto de marqués; articulando con apartados infrecuentes en la historiografía salteña, como “La Iglesia ante la emancipación americana” y “Pastores en la encrucijada de la historia”, donde María Irene deja asentado que las principales autoridades de la Iglesia de aquel tiempo Moxó y Francolí y Videla del Pino “como pastores, sintieron el clamor de su feligresía, vivenciaron la problemática de su tiempo, y desde el conocimiento milenario que atesora la Iglesia actuaron con misericordia”.

Un capítulo que me interesa especialmente, por mi profesión de genealogista es aquel que se refiere a “Tiempos sociales”, donde la autora desarrolla muy amena y enjundiosamente la estructura social en los albores de la Independencia analizando su población y haciendo hincapié en el mestizaje. No deja de abordar el sector ilustrado a quienes denomina los Doctos y propietarios: los primeros lógicamente son los que realizaron sus estudios en los claustros españoles y americanos, mientras que el hecho de ser propietarios de la tierra conllevaba poder. Estos puntos son exquisitamente tratados, que reitero, los genealogistas disfrutamos particularmente.

Los criollos también fueron estudiados en este libro, y es otro aspecto que como salteños nos interesa sobremanera, o al menos nos debiera interesar, es aquel segmento de la sociedad que en el ejercicio de la libertad, dicho esto con palabras de la autora: “Forjó una estirpe orgullosa, con marcado sentido igualitario, y de temple guerrero, confiado en su capacidad para defender lo que le pertenecía”, aquí se rescata, entre otras especies, que ante el avance de los realistas, el general Belgrano lanza su proclama de búsqueda de hombres para organizar la defensa de la patria. Con estos hombres, se formó el Cuerpo de Patriotas Decididos. Es, en definitiva, “el sector de la sociedad que sostuvo la estrategia güemesiana, y que consolidó las aspiraciones sanmartinianas cimentadas en su plan continental”.

En este contexto también se incluye a los indígenas quienes si bien no poseían “un continente de ideas acerca de los objetivos de la emancipación”, se consustanciaron con aquel magnetismo que tuvo Güemes quien, comprometido con el medio rural, “pudo amalgamar a estamentos sociales tan diferentes, en especial los aborígenes”, ejerciendo Güemes, de tal manera, un liderazgo innegable.

“La impronta de la religión a comienzos del siglo XIX” es analizada con convicción y entusiasmo por María Irene Romero, simple, llana y sucintamente debo decir que este apartado es un verdadero lujo. Repasando los registros demográficos, se refiere a los bautismos, matrimonios y defunciones, cuya documentación confronta en las mismas fuentes del Archivo del Arzobispado de Salta y aquí vuelvo a señalar que se trata de otro manjar de los genealogistas rigurosos, ya que se enriquece con la documentación en la mano, la única manera plausible de trabajo.

Un complejo y no menos sugestivo es el acápite referido a la “Libertad de esclavos” donde reflexiona sobre aquel noble acto de otorgar la libertad, cuya facultad hicieron uso algunos clérigos y civiles. Enumera del mismo modo, algunas escrituras de concesión de libertad y los motivos, como por ejemplo “atendiendo a los buenos y particulares servicios”, entre otros.

En el parágrafo “Roles sociales en la Independencia” analiza no solo a la población en general, sino a la inclusión que tuvo el aborigen en la acción libertaria.

Mientras que en el capítulo titulado Tiempos de economía, aborda desde “Una economía en crisis”, la que divide en varios subtítulos como La producción de la tierra, considerando a su vez a la Agricultura (de la que rescatamos muy especialmente el tabaco, los viñedos y la caña de azúcar que dieron lugar a la primera actividad industrial), a la Ganadería, a la Minería, a la Artesanía, y a lo que añade un análisis de la Actividad comercial que en aquellos años estuvo condicionada por la evolución de las campañas por la Independencia. Allí registra un interesante listado de propietarios de tiendas y pulperías, entre otros datos no menos valiosos, como de algunos productos de uso corriente. También se aprecia a manera de ejemplo de lo que había, una descripción extraída de Fondos de Gobierno del Archivo Histórico de Salta, de efectos de ultramar que llegaban a Salta en el año de la Independencia.

En fin, los efectos terrestres que se refiere a las mercaderías producidas en el actual territorio argentino y países vecinos, las escasas ventas de propiedades y las importantes transacciones referidas a la venta de esclavos, son antecedentes eficaces a tener en cuenta para entender la economía de aquel año dieciséis.

La autora no deja cabo suelto en este exhaustivo libro y se adentra en los Tiempos de Justicia, con un solo subtítulo “La mora judicial”, una de las problemáticas que emergieron en el curso de los acontecimientos independentistas. A esto, añade también con citas documentales, el aporte que el Congreso de Tucumán hizo al “plantearse la actitud a tomar frente a diferentes hechos delictivos”.

Además, el libro cuenta con un fascinante Anexo que aborda a la Patrona de la Independencia, con notas sobre Los tiempos nuevos; Lima, cuna de santidad, y Santa Rosa de Lima, la flor de América.

Un documentado y ameno libro en el que se presenta un epílogo contundente en su exposición sobre el papel trascendente que ha tenido Salta en forjar la libertad y consolidar la Independencia Nacional.

No queda más que felicitar a María Irene Romero por este radical aporte a la sociedad, que servirá para los buenos docentes que sepan formular sus clases desde otras miradas, como para lectores grandes y no tan grandes, ávidos por conocer sus raíces desde una historia local, pero que no es otra cosa sino la mismísima historia de la Nación Argentina en Tiempos de la Independencia.

Fuente: El Intra

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