Espectáculos

Las leyes de Pettinato

Aquí seguimos, amigos, promulgando leyes para un mundo mejor... para mí.

En nuestro insólito mundo de nuevas leyes, una debería encargarse de la gente que cuelga la bandera del balcón como si eso significara que apoyan a tal o cual partido. Claramente no habla de un brote de argentinidad. ¡Es como una puteada! Por eso yo cuelgo banderas de otros países. Durante mucho tiempo colgué la de Siria, porque vivía en la calle del mismo nombre y la gente pensaba que albergaba un grupo terrorista. Ahora cuelgo sábanas en protesta por la poca claridad del blanqueamiento general. Jaja.

¡Necesitamos una ley que prohíba seguir manteniendo mentiras vivas a lo largo del tiempo! Eso sería genial. Todavía hay gente de 20 años que piensa en los beneficios del jengibre y la magia de la leche por la noche. Yo pensaba que comer dulce de leche te generaba gusanos en el estómago. ¡Y aún muchos creen que una camisa, con sólo colgarla húmeda, se plancha sola!

Es más. Yo creía que después de comer, los animales anfibios tenían que esperar una hora antes de salir del agua. Jajaja.

Hoy pensaba que deberían prohibir que los presidentes vean series sobre presidentes. Una vez me entrevisté con Macri cuando aún se postulaba y me dijo: “La verdadera política no es como en House of Cards. El presidente no empuja una chica en el subte. Pero sí es como Borgen, la serie dinamarquesa”.

Fue lo único que recuerdo de esa charla y cuando vi la serie Borgen me dije: “¡Dios, qué suerte que nunca será presidente!”.

Y otra ley debería impedir que la gente siga creyendo que una mujer está loca porque salió corriendo de su boda o días antes se arrepintió. ¡Es muchísimo mejor eso que vivir sosteniendo a ese idiota durante años!

Y entre tantas leyes, ¿cómo podríamos hacer para que los fabricantes de bidets entiendan que no queremos que un chorro nos parta la cola al medio o penetre hasta el intestino delgado? Tanto trabajo de fabricación y jamás lograrán que no tengamos que tantear a ciegas con las manos atrás cómo equilibrar ambas canillas para finalmente abrir la que nos lastimará.

Y ahora sí: basta de tatoos. Ya no de nombres, números y fechas (como es la moda ahora mismo), sino -gracias a Dios- de palabras en chino. Muchos te dicen: el ser humano se tatuó desde los comienzos de la humanidad, cuando eran indios. ¡Perdón, pero los indios se tatuaban enteros para que los leones los confundieran con un árbol!

¡Ah, ya sé! Una ley que obligue a la gente a traducir lo que se escribe en chino u otros idiomas, porque bien puede que te quede en la espalda por siempre “pollo con brócoli” y creas que en verdad era una frase que dobló tu espiritualidad.

Y, por el amor de Dios, hay que promulgar una ley que nos haga entender que no podemos vivir obsesionados con nuestros celulares, a tal punto que si estuviéramos en un baño público, con los cinco boxes completos, con que suene un solo teléfono, las cinco personas gritarían al mismo tiempo “¡Hola, hola, hola! ¡No tengo señal!”, para al rato darse cuenta que no era su teléfono, sino el de el que estaba al lado.

¿Tanto costaría que alguien nos eduque para cambiar y personalizar el ringtone? ¡No podemos! ¡Se dan cuenta? Queremos que personalices esto y, ¿qué hacemos? ¡Lo mismo que el de al lado!

Por eso el mío suena como un teléfono antiguo de los años ‘60. Y de hecho lo es. Y lo tengo ahí: enchufado a la pared y no lo saco de casa.

Mi abuela aún tiene el suyo.

 

Fuente: Clarin

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