Política

La semana política: el affaire Triaca

Mientras el ministro de Trabajo está de vacaciones forzosas, la mesa chica decidió defender sus irregularidades, en un gabinete partido en la opinión. Cumbre en el Este y ruido en la CGT. Por Leandro Renou para Letra P

El fin de semana pasado en Punta del Este, en una lujosa mansión frente al mar, cenaron en una mesa grande un selecto grupo de empresarios. Industriales, del comercio y los laboratorios. La meca del turismo top del Uruguay es la locación favorita de los hombres de negocios, plaza en la convivieron a principios de año con buena parte de los funcionarios nacionales como la jefa de la SIDE, Silvia “Turca” Majdalani; el misterioso Gustavo Arribas; el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne; y el ya habitué de las arenas esteñas, Francisco Cabrera, el ministro de la Producción. La velada transcurrió en un clima de distensión. Los CEOS observan que sus negocios, más allá de la coyuntura, van viento en popa, y empezaron a ver que el Gobierno Nacional pudo resolver internamente la mayor duda que generaba: cómo saldría, políticamente, de los asuntos puntuales auto-infligidos. Esas malas decisiones o errores que hace un tiempo le costaban caro. “Esto es políticamente incorrecto, ustedes saben, no lo podemos decir, pero estos tipos lograron salir de un escándalo grande con muñeca, y han sabido ponerse firmes”, disparó un líder automotriz alojado en Punta desde el momento mismo del brindis de fin de año. En la otra punta de la mesa, un histórico de los laboratorios que incursionó alguna vez en otros negocios se rió fuerte. “¿Sabes qué pasa? Si esto que les pasó nos hubiese pasado a nosotros, nos estarían matando, diciéndonos que somos negreros y esclavizadores. Y es cierto lo que decís, pero explícame cómo va a hacer el gobierno para venir a hablarnos de reforma laboral y de blanqueo”, apuntó y logró el asentimiento de muchos otros comensales.

El tema era el proceder a todas luces irregular del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, que contrató informalmente y nombró personas de su entorno en el Sindicato de Marítimos (SOMU). La charla había virado hacia ese tema justo cuando observaron en un televisor que el canal La Nación + daba detalles de la operatoria de “Jorgito”. Uno de ellos impactante: no sólo nombró a su empleada en el SOMU con cargo de “delegada interventora” cuando ella misma contó que se dedicaba a servir bebidas; sino que además el funcionario incumplió con los aportes patronales en la mayoría de los meses del año 2017.

Desde el prisma del Círculo Rojo, estos errores -o la extinción del fuego alrededor de ellos- son una señal de fortaleza que hasta ahora solo había mostrado el peronismo. Una especie de curso acelerado de realpolitik que consagra la “politización” de un gabinete de CEOS que parecen tomarles el gusto a los hechos prácticos del ejercicio del poder. Un bismarckismo un poco tardío, pero que llegó para quedarse. También ponderaron mientras se servía la entrada de mar el nuevo relato de los éxitos internacionales, como las múltiples reuniones en el Foro de Davos, que en privado todos entienden como fuegos de artificio necesarios para dar sensación de fortaleza y buscar inversiones.

El aguante presidencial a Triaca soportó incluso algunas voces de peso en ministerios que pidieron rever el caso, un rumor que finalmente trascendió en los medios como una supuesta renuncia fallida del funcionario. Adicionalmente, el Club Político Argentino, el Carta Abierta del macrismo, emitió un documento con duras críticas sobre el caso Triaca. En ese núcleo, el único que defendió fuerte al ministro fue el ecuatoriano Jaime Durán Barba, y con menos énfasis el ministro de Cultura, Pablo Avelluto. Fue la primera vez que el Club fue férreo en el ataque al macrismo, y quedaron broncas de varios intelectuales con los que salieron a bancar a Triaca. “Acá no se echa a nadie, Jorge tuvo errores, como tenemos todos”, explicó a Letra P un alto cuadro nacional que lo conoce desde hace tiempo. Mientras tanto, en diálogo con periodistas que viajaron a Davos, Macri deslizó la confirmación del titular de Trabajo en su cargo.

Esta nueva dinámica de una política de resultados y análisis paso a paso, tiene otros ribetes. A mediados de la semana, llegaron a Casa Rosada nuevas encuestas que reflejan una caída importante, superior a 10 puntos, en la imagen positiva del Gobierno. Además de una perspectiva más negativa que positiva sobre el devenir económico. Como pocas veces, no generó sacudones. Los pensadores del oficialismo tienen claro que en el segmento social que apoyó a Cambiemos en las últimas presidenciales, aún hay posibilidad de soportar cosas serias. No porque gusten, sino porque no hay quien las capitalice desde la oposición. Sin ir más lejos, no le dieron importancia al anuncio del camionero Hugo Moyano de una marcha contra el Gobierno para el 22 de febrero. Entienden que están en condiciones de bancarse una jornada de protesta siempre y cuando los medios de comunicación sigan -mano oficial mediante- haciendo eje en las causas que involucran al camionero y su familia por presuntos delitos económicos. Durante los años del kirchnerismo, cuando Moyano se cruzó de vereda, analizaron qué hacer con esas causas. El escenario era otro: los gremios estaban más empoderados y la resistencia interna de algunos ministros trababa la embestida. Tanto que en una reunión de gabinete un alto cuadro dijo que la única forma de meterlo preso a Moyano era exponiéndolo con todas las pruebas en una cadena nacional, como hacía unos años había hecho México. Improbable entonces y hoy, sobre todo por las buenas migas y el nivel de información que el camionero maneja de los predilectos de Macri en la Ciudad, sobre todo del vice Diego Santilli.

Con el sindicalismo hay un trabajo fino, que también tiene que ver con un nuevo estadío de comprensión política y con la extinción del caso Triaca. Uno de los ministros más racionales del gabinete suele almorzar cada quince días, los viernes, con el triunviro y jefe de Sanidad, Héctor Daer. Lo hacen en la sede del sindicato y coinciden en casi todo. Esto le valió a Daer un puñado de duros cuestionamientos internos en la CGT. Lo blanqueó el propio Moyano en una entrevista con Chiche Gelblung en Crónica TV. Expresó que no es ni amigo ni enemigo de Daer, confesión difícil de encontrar entre los caciques gremiales, y menos en público. En paralelo, el Gobierno Nacional adquirió otro viejo vicio del kirchnerismo: proclamar paritarias libres y digitar en privado el número techo con los empresarios del sector y sectores gremiales afines, con el objetivo de moderar las subas lo más cerca posible de la inflación deseada.

El perfil de practicidad que encaró Cambiemos luego del candente fin de año del 2017, tiene una sola contra, que no es menor: los economistas de consulta, sobre todos los liberales y los ultras, observan que hay un freno en la perspectiva de crecimiento del país en 2018. Que podría estar en un 2% anual, casi un empate en cero si se miden los retrasos y necesidades sociales. Esto puede torcer el viento, por eso en el Gobierno se lo observa con seriedad. La primera señal la dio la industria, que cayó fuerte en diciembre contra igual mes del 2016, que había sido un período negro para los parangones. Por ahora, hay calma. Por ahora.

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