Un capo

La historia del abuelo que se recibió de abogado a los 82 años

Luego de perder su capacidad visual por un tumor cerebral, Eduardo, que siempre fue un apasionado de la lectura, decidió completar sus estudios de derecho en la provincia de Córdoba

Él demostró que los viejos se hacen valer», reflejó con orgullo y emoción Mariana, una de las tres hijas de Eduardo Etchepare, un anciano de 82 años que completó sus estudios de abogacía, en la provincia de Córdoba. Una admirable muestra de voluntad por superarse a sí mismo, a pesar de sufrir una discapacidad visual y otra auditiva, al mismo tiempo que en el Congreso de la Nación se intentaba aprobar una ley que atenta contra los derechos de los jubilados.

Apasionado de la lectura, la pérdida de su capacidad visual por un tumor cerebral significó un duro golpe para Eduardo, a los 77 años. Entonces, en afán de dejar atrás ese pesar, el Vasco, como lo apodan, decidió alojarse en la ciudad cordobesa de Mendiolaza en 2009.

Posteriormente, tres años después, tomó conocimiento del departamento para discapacitados visuales que posee la Universidad Nacional de Córdoba. Entonces decidió inscribirse en la carrera de Derecho Político, la cual completó en tan sólo cinco años, viéndose obligado a postergar sus estudios durante seis meses, por un trasplante de cadera.

Una afección más para Etchepare, que además usa audífonos y tiene un marcapasos. Fue justamente por este dispositivo que en la mañana del miércoles le rogó a su amiga Fabiana que no le arrojaran huevos si pasaba con éxito el examen oral en Navegación. En este sentido, la joven reveló a “Crónica” que “me lo crucé en el colectivo a las 7.30 porque entraba a las 9.30 a la facultad. Estaba muy nervioso porque tenía miedo de defraudar a su familia que viajó desde Buenos Aires para acompañarlo en su última materia”.

El examen lo rindió en el aula 3 del casa de altos estudios, en la que permaneció 45 minutos hasta que el profesor firmó su libreta, rubricando un 8. Mostrando la nota final, dio sus primeros pasos como abogado para estrecharse en un abrazo con su esposa Betty, y luego con sus tres hijas, Mariana, Rosario y Julieta, y tres de sus nietos.

Horas después de la consagración de su padre, Mariana reconoció que “yo le dije que era importante que se hubiera recibido el mismo día que se debatía una ley contra jubilados como él. Está demostrando que los viejos se hacen valer”.