Argentina

Greenpeace no esta tan «limpio» como parecía

El director ejecutivo de Greenpeace -desde hace 22 años-, Martín Prieto, fue desplazado de sus funciones con "una licencia laboral". La razón es, quizá, una de las más dolorosas para la empresa ambientalista: fue denunciado por 42 empleadas y exempleadas de acoso y hostigamiento sexual.

El director ejecutivo de Greenpeace -desde hace 22 años-, Martín Prieto, fue desplazado de sus funciones con «una licencia laboral». La razón es, quizá, una de las más dolorosas para la empresa ambientalista: fue denunciado por 42 empleadas y exempleadas de acoso y hostigamiento sexual.

La organización formuló una denuncia «para esclarecer» lo que ya es un escándalo; y mencionó solo un caso, de los que parece haber decenas.

Greenpeace es una organización con enorme poderío económico y mucha influencia política en el mundo. En su medio siglo de existencia, ha practicado incursiones en diversos territorios y actividades, vinculados, teóricamente, al medio ambiente. El método de financiamiento es la recaudación, por diversos medios, en base a consignas que generan contribuciones, con el aporte de artistas sin formación técnica que persuaden a gente bien intencionada.

También hostigan a empresas con campañas difamatorias (lo hicieron recientemente contra la Coca Cola y la finca La Moraleja), hasta que sorpresivamente dejan de lado esa tarea y eligen otra.

Pero despejan todas las dudas que pudieran quedar con un estilo muy sistematizado para sostener valores contemporáneos, y de alta sensibilidad.

Puede fallar

El feminismo es uno de los valores recientemente incorporados. «Creemos en un mundo justo y en paz, y ello pasa ineludiblemente por la igualdad de género. Greenpeace apuesta por un ecologismo que integre la perspectiva de género…», definen.

La estrategia, a veces, falla. Hace poco, un músico emblemático que acompañaba a Greenpeace, Gustavo Cordera, se convirtió en emblema del machismo más violento al afirmar que «a algunas mujeres les gusta la fantasía de ser violadas». No solo fue procesado y condenado, sino que fue desterrado del universo público. Los espectáculos con topless de adolescentes que solía protagonizar Cordera debieron haber llamado la atención sobre su «perspectiva de género».

El escándalo

Ahora, nada menos que uno de los referentes más importantes de la entidad cayó en desgracia por algo parecido.

El 8 de marzo pasado, Greenpeace se sumó con entusiasmo al Día Mundial de la Mujer y cambió su nombre en redes sociales a «Purplepeace» (paz púrpura), el color que representa al movimiento feminista.

Ese mismo día estalló una oleada de denuncias.

María Eugenia Testa, exdirectora de Campaña de Greenpeace Argentina, denunció por acoso a Prieto. «El 8M vimos que desde Greenpeace Argentina estaban haciendo una sobreactuación desde sus redes sociales y los acusé de «purplewashing (lavado púrpura)’. La persona que habíamos denunciado es Martín Prieto y hace 24 años que está trabajando ahí, y sigue como».

El cargo de directora de campaña es estratégico para esta multinacional. Testa denunció, en una radio, que «el directorio de Greenpeace Argentina era conocido como el «directorio de los machos’. En mis exposiciones tenía que soportar chistes vinculados a lo sexual».

Incluso, relató anécdotas graves de acoso y exhibicionismo durante los viajes de campaña.

También, el despido de una empleada que no accedió a los requerimientos de otro ejecutivo. La respuesta de Greenpeace consistió en una nota que informa «una nueva investigación independiente», durante la cual Prieto estará de licencia. «Somos una organización transparente», dijo la directora política, Natalia Machain.

Para la entidad, se trata de una denuncia aún no verificada. Sin embargo, el desplazamiento de Prieto se produjo luego de conocerse una carta pública firmada con nombre y apellido por 42 exempleados que denuncian acoso y hostigamiento contra mujeres en las oficinas argentinas de Greenpe

La realidad destruye al mito

Natalia Machain asegura que “Martín no es así. Al contrario, es una persona respetuosa”. La opinión de la directiva suena poco creíble en el país y en Salta. Martín Prieto cobró efímera notoriedad en 2004, cuando fue detenido dentro de la finca Desdelsur, en General Mosconi. Los comunicados de Greenpeace hablaron de persecución y de enorme depliegue policial. “Detienen a un grupo de militantes de Greenpeace en Tartagal, mientras trataban de evitar el desmonte de la selva de Yungas por el boom del monocultivo de soja”, publicó la entidad amiga Inymedia. Más allá de que en Tartagal no hay yungas, que en las yungas no se cultiva soja, y que en la finca en cuestión se cultivan porotos desde hace dos décadas, lo cierto es que fueron detenidos porque, aprovechando sus uniformes de perfil militar, se hicieron pasar por gendarmes. Pensando que se trataba de un intento de robo, la policía los redujo y pasaron un par de noches en la Brigada de Investigaciones. Greenpeace nunca informó la verdadera causa de la detención. Tampoco dio razones para que hubieran mentido a los empleados de la finca. El episodio fue casi contemporáneo con la chaplinesca estafa de la organización en Orán, cuando hizo pasar por yaguareté a un ternero. No habían conseguido ningún felino y necesitaban justificarse frente a los incautos que habían aportado cien mil dólares para comprar collares de rastreo satelital. Tras el grotesco, trajeron a Cordera para que los justificara ante sus adeptos.
Detrás de fabulaciones de apariencia ingenua se construye una ficción ambientalista que sataniza el desarrollo. El miedo a lo desconocido permite a Greenpeace tener éxito en el juego de equívocos. Pero estos equívocos no servirán en este caso: la carta llegó a la central de Greenpeace en Amsterdam y al Consejo Directivo internacional. Las abogadas Florencia Arietto y Alejandra Bellini, representantes legales de varias de las víctimas, aseguran que “existe material para probar en la Justicia las denuncias que se hicieron públicas en contra de Martín Prieto”.

La realidad destruye al mito

Natalia Machain asegura que “Martín no es así. Al contrario, es una persona respetuosa”. La opinión de la directiva suena poco creíble en el país y en Salta. Martín Prieto cobró efímera notoriedad en 2004, cuando fue detenido dentro de la finca Desdelsur, en General Mosconi. Los comunicados de Greenpeace hablaron de persecución y de enorme depliegue policial. “Detienen a un grupo de militantes de Greenpeace en Tartagal, mientras trataban de evitar el desmonte de la selva de Yungas por el boom del monocultivo de soja”, publicó la entidad amiga Inymedia. Más allá de que en Tartagal no hay yungas, que en las yungas no se cultiva soja, y que en la finca en cuestión se cultivan porotos desde hace dos décadas, lo cierto es que fueron detenidos porque, aprovechando sus uniformes de perfil militar, se hicieron pasar por gendarmes. Pensando que se trataba de un intento de robo, la policía los redujo y pasaron un par de noches en la Brigada de Investigaciones. Greenpeace nunca informó la verdadera causa de la detención. Tampoco dio razones para que hubieran mentido a los empleados de la finca. El episodio fue casi contemporáneo con la chaplinesca estafa de la organización en Orán, cuando hizo pasar por yaguareté a un ternero. No habían conseguido ningún felino y necesitaban justificarse frente a los incautos que habían aportado cien mil dólares para comprar collares de rastreo satelital. Tras el grotesco, trajeron a Cordera para que los justificara ante sus adeptos.
Detrás de fabulaciones de apariencia ingenua se construye una ficción ambientalista que sataniza el desarrollo. El miedo a lo desconocido permite a Greenpeace tener éxito en el juego de equívocos. Pero estos equívocos no servirán en este caso: la carta llegó a la central de Greenpeace en Amsterdam y al Consejo Directivo internacional. Las abogadas Florencia Arietto y Alejandra Bellini, representantes legales de varias de las víctimas, aseguran que “existe material para probar en la Justicia las denuncias que se hicieron públicas en contra de Martín Prieto”.