El impactante camino al lugar de la «tragedia de los Andes»

Por tercera vez, un grupo de tucumanos emprendió la travesía al Valle de las Lágrimas.

No son expertos montañistas; son profesionales, madres, empresarios y empresarias, estudiantes… No se conocían, salvo en pequeños grupos. Tienen entre 66 y 27 años, y saben que, incluso aunque pasen años hasta que vuelvan a verse, el abrazo del reencuentro será tan emotivo como el de la despedida. Y que nunca, jamás, olvidarán que a las 14 del 6 de diciembre de 2019 se terminó de trenzar ese lazo que los unió para siempre.

Son las 44 personas que, entre el 4 y el 8 de diciembre, hicieron la tercera travesía tucumana al Valle de las Lágrimas, en Mendoza, en la cordillera de los Andes, en el límite entre Argentina y Chile… pero, por sobre todo, en el lugar donde hace 47 años se produjo la tragedia aérea (y el milagro, están convencidos los sobrevivientes y quienes peregrinan al lugar) de los rugbistas uruguayos que viajaban a jugar en Chile. (Ver “El milagro”).

“Hacemos el viaje siempre para esta época, porque es el mismo mes en el que “Nando” Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín partieron en busca de ayuda, después de haber estado dos meses esperando el deshielo”, explica Francisco Martínez Luque, que es montañista, y que organizó las tres expediciones que se hicieron hasta ahora desde Tucumán, junto con su hermano Pablo.

Una travesía diferente

“No es un ascenso más -asegura María Inés Barros (53), abogada, a quien la emoción, cinco días después de haber vuelto a caminar las calles tucumanas, todavía le llena el espíritu-. Lo que se vive al llegar al valle es místico”.

“Es que no se trata sólo de la montaña -agrega Francisco-; allí se vivió una de las más impactantes historias de superación y supervivencia humana”.

“La primera reacción al llegar no es la euforia, como con otras metas cumplidas; es el silencio. La emoción se apodera de uno: estás viendo el valle como lo vieron ellos. Todos quedamos conmocionados hasta las lágrimas”, relata Bernardo Taboada (46) abogado y jugador de rugby desde chico.

“Y tenés la sensación de lugar sagrado”, completa María Laura del Pero (33), contadora. Bah… intenta completar: todos coinciden en que es imposible poner la experiencia en palabras. “Sólo lo comprenden quienes lo vivieron, allí”, sentencia María Laura, y por un momento el silencio reverencial vuelve a apoderarse de todos. Lo quiebra Bernardo: “allí te sobreponés a todo, y dimensionás lo bueno que tenés. Este viaje fue un maravilloso regalo de mi esposa”, cuenta con una sonrisa que le atraviesa la cara y que se repetirá cada vez que tome la palabra.

El viaje

El grupo se conoció en San Rafael, Mendoza, y allí hubo una charla técnica: qué se puede y qué no en la alta montaña, y la necesidad de “hacer caso” a los que saben (en este caso, los hermanos Martínez Luque). Pablo, con el apoyo fundamental de Tete, Oscar y Pepé, los baqueanos, es el encargado de gestionar la logística: elementos para acampar, el gran botiquín, caballos que acompañan el grupo para cruzar ríos o para cuando el cansancio aprieta demasiado…

“El jueves 6, muuuuy temprano, arrancamos en camioneta por la ruta 40 hasta la base del cerro El Sosneado, a orillas del río Atuel”, cuenta Bernardo, y asegura que subir y llegar no era, necesariamente, el desafío concreto. “Hasta ese momento, y desde que la expedición comenzó a hacerse realidad, la pregunta, para los 42, era: ‘¿a qué nos enfrentamos?’. Era todo nuevo para nosotros”, agrega.

“El Sosneado es nuestro km 0 -relata Francisco-; arrancamos a 2.100 metros sobre el nivel del mar. Todos llevamos una piedra, como símbolo de nuestras vidas, que colocaremos en el altar”.

Después de los primeros 15 kilómetros de caminata y a 450 metros más sobre el nivel del mar, el campamento de El Barroso los esperaba para comer, descansar y prepararse para el día siguiente. “Compartíamos un tesoro: buen clima, buen espíritu, buena energía… era mágico -sigue intentando describir María Laura-. Los más grandes parecían chicos…”.

Desde El Barroso, muy temprano (“hay que ser muy precisos con los tiempos, porque no se puede volver de noche”, resalta Bernardo), había que hacer 22 kilómetros más para llegar -por fin- al destino soñado, a 3.650 msnm.

Ese destino para describir el cual las palabras nunca bastaron. Ese en el que se vive “un solo sentimiento que se comunica en silencio”, destaca María Inés, y que la celebración de la Eucaristía refuerza aún más. “Esta es la mejor catedral del mundo”, coincidieron todos luego del abrazo de la paz, cuando a la reverencia y a la emoción se sumó la alegría. Sentimientos que persisten y -están seguros- persistirán.

Fuente:LaGaceta

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