El acuerdo con los acreedores es imprescindible para el país

La Argentina no pagó el viernes 503 millones de dólares a los acreedores externos y de ese modo ingresó en lo que sería su noveno default en 210 años de historia.

Se trata, técnicamente, de un default leve, por cuanto las negociaciones se prorrogaron hasta el 2 de junio y existen indicios de que, finalmente, podría haber un acuerdo con los propietarios de títulos de deuda sometidos a tribunales extranjeros.

El ministro Martín Guzmán había calificado de «anecdótica» la fecha del 22 de mayo establecida como último plazo para el vencimiento. Nada es anecdótico en la política exterior. Los periódicos incumplimientos con los acreedores han ubicado a la Argentina en el desaconsejable rol de «defaulteador serial».

Muchas veces, la política doméstica lleva a relativizar esas obligaciones. No es el caso, al parecer, del actual Gobierno, pero no cabe olvidar que aquel default declarado por aclamación en diciembre de 2001, cuando Adolfo Rodríguez Saa ensayaba una fugaz presidencia profundizó una debacle económica y financiera que se prolongó por años.

Curiosamente, esta deuda impaga es parte de la que el país contrajo para salir de aquel default pagándole a los «holdouts».

Guzmán anunció que habrá cambios en la oferta que hizo a los acreedores para reestructurar deuda externa por 66.238 millones de dólares. La propuesta inicial, rechazada, incluía tres años de gracia, un recorte del 62% y la postergación de vencimientos hasta el 2030 y más adelante. Las deudas, de los Estados, de las empresas y de las personas, deben ser honradas, simplemente, porque no existe una economía sustentable si no hay credibilidad.

En las últimas décadas hubo cuatro default que tuvieron como correlato el crecimiento del déficit, la deuda, la inflación, la pobreza y el desempleo.

Existen corrientes de pensamiento que sostienen que el país debe «vivir con lo nuestro» y eliminar cualquier forma de vínculo con el resto del planeta. Es imposible. Los países necesitan definir sus intereses y valores comunes y sostenerlos en el escenario internacional. Pero ninguna Nación puede prescindir del comercio internacional ni del intercambio de tecnología y conocimiento.

El aislamiento es una utopía, porque los habitantes de cada país aspiran a participar de los beneficios del mundo contemporáneo. Por eso tampoco es posible cerrar las puertas al financiamiento internacional.

Los males de nuestra deuda no están en que sea externa sino en que solo debería ser utilizada para inversiones en infraestructura productiva. Cuando un país se endeuda para cubrir el exceso de gasto por sobre los ingresos, difícilmente pueda pagar en tiempo y forma.

Cuando las cuentas no cierran, las únicas posibilidades son la emisión y la deuda. Cuando la economía nacional no permite sostener el nivel de gasto, tarde o temprano se produce el colapso: hiperinflación, hiperendeudamiento o hiperrecesión.

Por eso, es imprescindible que nuestro país acuerde con los acreedores. Si entráramos en cesación de pagos, el desdoblamiento de la cotización del dólar produciría una brecha más profunda que la actual, y el poder adquisitivo del salario se derrumbaría más aún. Con un dólar elevado se facilitarían las exportaciones, pero se encarecerían las importaciones; y con el actual régimen de retenciones, los beneficios de los exportadores continuarían diluidos.

Dejar de pagar la deuda permitiría una mayor disponibilidad de recursos fiscales para financiar el propio gasto; pero sin crédito, la producción de las empresas caería y con ella, la recaudación nacional. Las consecuencias serían daños económicos estructurales.

Nuestro país necesita tener y exhibir un plan de gobierno con objetivos inequívocos a inmediato, mediano y largo plazo. No lo tiene. Además de las asistencias de emergencia a los sectores más afectados, debe priorizar la sustentabilidad de las empresas, que son las fuentes genuinas de empleo, producción y desarrollo. Lograr un programa de pagos accesible a nuestras posibilidades, y respetarlo sería el primer paso para que el país recupere el prestigio internacional que necesita para satisfacer sus aspiraciones y necesidades.

Fuente: ElTribuno